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Nadie se cruza en tu vida por azar

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Nadie se cruza en tu vida por azar

Las personas entran en tu vida por una razón, por una estación o por una vida entera. Cuando percibas el motivo, vas a saber qué hacer con esa persona.

Cuando alguien está en tu vida por una razón, es generalmente, para llenar la necesidad que has demostrado tener, ellas vienen para ayudarte con una dificultad, proporcionando apoyo y orientación, ayuda física, emocional o espiritual. Podrán parecer un regalo de Dios y lo son.

Entonces sin ninguna actitud errónea de tu parte o en una hora incierta, esa persona dirá o hará alguna cosa para que la relación llegue a su fin, lo que debemos entender es que nuestras necesidades han sido atendidas, nuestros interess cumplidos y el trabajo de ellos hecho.

Cuando las personas entran en nuestras vidas por una estación; es porque llegó a su vez repartir, crecer y aprender. Ellas traen la experiencia de la paz y te hacen reír, ellas te podrán enseñar algo que nunca ha hecho.

Relaciones de una vida entera, enseñan lecciones para la vida entera, cosas que debes construir pero tener una formación emocional sólida, tu tarea es aceptar la lección, amar a la persona y poner en práctica lo que has aprendido en todas tus relaciones y áreas de tu vida.

Debemos agradecer a Dios por las personas que se han cruzado en nuestro camino, bien sea para bien o para mal, porque todas han venido a enseñarnos algo, o ellas aprender de nosotras.

Mi historia de casualidad y causalidades

Antes de ayer por la mañana me senté delante del folio en blanco esperando a que mis manos y mi cabeza se pusieran a la obra, pero no hubo respuesta alguna. Tan sólo tenía una idea vaga en mi cabeza de aquello que quería transmitiros y tras cinco minutos decidí dejarlo para más tarde.

Escribir

Quizás estaba cansado o no muy inspirado para hacer un escrito, así que salí a la calle a despejarme. Así lo hice. Lo cierto es que me vino muy bien el cambio de aires. Unas horas más tarde, más decidido y con ganas, volví a plantarme delante del papel a modo de reto conmigo mismo. Y nada. Imposible.
Tan sólo habían pasado diez minutos y ya me di por vencido al sentir que ese también iba a ser un nuevo intento fallido. Por tanto, abandoné otra vez la silla de escritorio y busqué en la lectura mi entretenimiento, sobre todo para dejar de pensar en mi incapacidad de escribir este artículo.

Así que recurrí a uno de mis libros favoritos: “El mundo azul” de Albert Espinosa. Lo abrí por una página al azar que terminaba con la siguiente cita:

“Y allí me quedé, mirando aquella negrura, esperando que amaneciera”

¡Que casualidad! La cita describía justo cómo me encontraba ante tal vacío de ideas ¿Acaso el mundo me mandaba señales? Cerré el libro y volví de nuevo a la carga. Más inspirado y con ideas de cómo estructurar aquello que os quería contar, o eso pensaba, apoyé con firmeza mi bolígrafo para trazar la primera línea.

Escribí: ¿Casualidad o causalidad? y me sentí mejor conmigo mismo. Como si hubiera superado la barrera del vacío con aquella compleja interrogación. Y ahí se acabó mi inspiración, o mejor dicho, mis ganas y mi paciencia.

Desesperado, tras unos pocos minutos de búsqueda de otra casualidad que me llevara a dar con la tecla, me levanté de nuevo, hice la cena y fui a darme una ducha, por aquello de intentar “refrescar mis ideas”. Pero ya estaba demasiado cansado y pensé que era mejor dejar de intentarlo, así que me fui a la cama. Mañana será otro día. Borrón y cuenta nueva.

A primera hora de la mañana me desperté con ímpetu. Desayuné y me planté delante del que estos días se había convertido en mi “enemigo”: el papel en blanco. Con la sensación de estar estancado en un bucle infinito, volví a entrar en el mismo proceso de frustración del día anterior que hacía que volviera a dudar acerca de mi capacidad para redactar este artículo.

Hombre frustrado

¿Acaso no era casualidad sino causalidad por mi parte?, ¿no era yo mismo el que estaba aplazando lo que me parecía imposible? Lo cierto es que no aguantaba ni cinco minutos sentado en la silla. En muchas ocasiones, la inspiración no se presenta sin más sino que hay que buscarla.

Podría haber hecho borradores, esquemas, buscar información acerca de esta temática o directamente aceptar que debía pasar a otro tema con la esperanza de poder enlazarlo con este. Sin embargo, me dejé llevar por la desesperanza, por la frustración que a su vez me llevaba a pensar que no era capaz cuando realmente sólo pasaban minutos y yo no hacía nada por intentarlo.

Ahora me encuentro escribiendo estas últimas palabras, que casualmente(¿o causalmente?) me han llevado a la pregunta más importante: ¿Tenía miedo de escribir lo que pensaba? o ¿no estaba seguro de compartir con vosotros/as estos pensamientos que me empeñaba a buscar como por casualidad?.

Sólo hay dos cosas ciertas en este escrito:

La primera es que, por casualidad, me he encontrado la siguiente cita al abrir de nuevo el libro en una página al azar: “Las dudas no resueltas son los miedos no aceptados”. La segunda es que, por causalidad, por hacer un esfuerzo, un pensamiento me ha llevado a otro. He sido yo el dueño de mis frases y mis emociones.

Y he vuelto a pasar de página.

“El mundo es el patio más grande que existe”

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