Carta de Amor a mi misma.

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Carta de Amor a mi misma.

Nota: ¿Te atreverías a escribirte una carta de ti para ti? Tienes muchas cosas que decirte, y será terapia para el alma.

Esta es la mía, espero que a momentos te sientas identificado y te nazca decirte lo que tu sientas que necesitas decirte:

No sé si sabías, lo agradecido que estoy contigo. Eres lo único que tengo. Perdón por no haberte escrito antes; solo tú y yo sabemos tantas cosas vividas.

Recuerdas cuando nos quedamos solos, en esa emboscada de incomprensión? O cuando la difamación causó heridas en la piel del alma? Recuerdas cuando éramos jóvenes y teníamos la energía para trepar las más altas prohibiciones? O cuando contemplábamos atardeceres en alguna isla lejana mientras el viento de la nostalgia despeinaba húmedos recuerdos?

Amo tu voluntad hecha de piedra y tu entusiasmo de pie, admito que alguna vez terminó derrumbado, cansado de transitar senderos de incomprensión, sin embargo, al otro día estaba de nuevo de pie. Amo la creatividad que te hace inventar soluciones inéditas, y tu humor en serio, que endulza las adversidades, amo verte crecer con todo lo que te pasa, y disfrutar con lo que a otros agobia.

Sucedió últimamente, te veo más sereno, más enfocado en tus mejores proyectos, menos disponible a lo innecesario. Te veo lleno de frutos y guardando en la mirada nuevos amaneceres, te veo transparente en tus sueños, libre en tus decisiones, palpitando la vida sin pudor, entonces sin esperar más tiempo decidí escribirte esta carta, simplemente para decirte que amo el abismo de lo desconocido al que te lanzas, las estrellas de las que te rodeas, tu arrollador optimismo y esa plantación de semillas de sabiduría que germinas en los surcos de los corazones disponibles.

Amo sentir que la eternidad palpita en tus instantes, te amo como la noche ama a las estrellas.

AMAR AL NIÑO INTERIOR

Si no puedes intimar con otras personas, es porque no sabes cómo intimar con tu propio niño interior. El pequeño que hay dentro de ti está dolido y asustado. Ayuda y acompaña a tu niño.

Uno de los asuntos más importantes que necesitamos comenzar a abordar es la curación del olvidado niño interior. Muchos de nosotros nos hemos pasado demasiado tiempo sin hacer caso de nuestro propio niño interior. Tengas la edad que tengas, hay en tu interior un pequeño que necesita amor y aceptación. Si eres una mujer, por muy independiente que seas, tienes en tu interior a una niña muy vulnerable que necesita ayuda; si eres un hombre, por muy maduro que seas, llevas de todas formas un niño dentro que tiene hambre de calor afecto. Cada edad que has vivido está dentro de ti, dentro de tu conciencia y de tu memoria.

Cuando éramos niños y las cosas iban mal, solíamos pensar que algo no funcionaba bien en nosotros, que teníamos algo malo dentro. Los niños piensan que si pudieran hacer las cosas bien, sus padres (o quien sea) les amarían y no les castigarían ni les pegarían. Así pues, siempre que el niño o la niña desea algo y no lo obtiene, piensa: «No valgo lo suficiente. Soy anormal, un retrasado». Entonces, cuando nos hacemos mayores rechazamos ciertas partes de nosotros mismos.

A estas alturas de nuestra vida, ahora mismo, es necesario que empecemos a hacernos íntegros y a aceptar cada parte nuestra: la que hacía el tonto, la que se divertía, la que se asustaba, la que era estúpida y boba, la que llevaba la cara sucia. Todas y cada una de nuestras partes.

Creo que por lo general nos desconectamos, nos cerramos, alrededor de los cinco años. Tomamos esa decisión porque pensamos que algo no funciona bien en nosotros y ya no queremos tener nada que ver con ese niño o niña que somos. También llevamos a nuestros padres dentro. Tenemos en nuestro interior al niño y a sus padres. La mayor parte del tiempo el padre (o la madre) reprende al niño, casi sin parar.

Si prestas atención a tu diálogo interno, podrás oír el sermón. Podrás escuchar cómo papá o mamá le dice al niño que está haciendo algo mal o que no sirve para nada. Lógicamente, entonces comenzamos una guerra con nosotros mismos; empezamos a criticarnos de la misma forma en que éramos criticados: «Eres un estúpido», «No sirves para nada», «Otra vez la has fastidiado». Se convierte en costumbre. Cuando nos hacemos adultos, la mayoría de nosotros no hacemos el menor caso de nuestro niño interior, o lo criticamos igual como nos criticaban.

Continuamos con la pauta una y otra vez.

John Bradshaw, autor de varios libros maravillosos sobre cómo sanar al niño interior, dijo una vez que cuando llegamos a adultos llevamos dentro 25.000 horas de cintas grabadas con la voz de nuestros padres. ¿Cuántas horas de esas cintas crees que te dicen que eres un ser maravilloso? ¿Cuántas te dicen que te aman y que eres inteligente y brillante? ¿O que eres capaz de ser lo que desees ser y que cuando seas mayor serás una gran persona? En realidad, ¿cuántas horas de esas cintas te dicen «No, no, no» en todas sus formas?

No es nada extraño que nos pasemos la vida diciéndonos «no» y «debería». Lo que hacemos no es otra cosa que imitar a esas viejas cintas. Sin embargo, son sólo cintas, no la realidad de nuestro ser. No son la verdad de nuestra existencia. Son sólo grabaciones que uno lleva dentro, y se pueden muy bien borrar o volver a grabar.

Cada vez que digas que estás asustado, comprende que es tu niño interior el que está asustado. El adulto en realidad no tiene miedo; sin embargo, el adulto no está ahí para confortar al niño. El adulto y el niño necesitan entablar amistad, hablar el uno con el otro de todo lo que haces. Sé que puede parecer tonto, pero da resultado. Haz saber a tu niño que pase lo que pase nunca le vas a volver la espalda ni a abandonarle. Siempre estarás allí para acompañarle y amarle.

Si cuando eras pequeño tuviste una mala experiencia con un perro, por ejemplo, digamos que te asustó o incluso que te mordió, tu niño interior tendrá miedo de los perros, aunque tú seas un adulto grande y corpulento. Es posible que veas a un perro pequeño en la calle y que tu niño interior reaccione aterrado:

«¡Un perro! Me va a hacer daño». Ésta es una fantástica oportunidad para que tu padre interior le diga al niño: «No pasa nada. Ahora soy adulto. Yo cuidaré de ti. No dejaré que el perro te haga daño. Ya no tienes por qué tener miedo». De esta forma comenzarás a hacer de padre con tu niño.

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